Juan Ignacio Vara comenta el Evangelio

Teología de bolsillo

Poniéndose en forma

Juan Ignacio Vara

 

Inmediatamente el Espíritu empujó a Jesús al desierto, donde pasó cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía con las fieras y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar la Buena Noticia de Dios. Decía: "Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio." (Marcos 1, 12-15)

 

La liturgia nos retrotrae al comienzo del evangelio de Marcos, a lo que, desde pequeños, conocemos como “las tentaciones en el desierto”. En domingos anteriores ya hemos visto a Jesús en plena forma de exorcista triunfante y sanador de enfermos y poseídos, con esa fuerza que Marcos imprime a su visión del rabí de Nazaret, que habla muy poco, pero se conmueve y sonríe con los que sufren, mientras que se irrita con los demonios opresores de las personas.

 

Nuestro evangelista dice que el mismo Espíritu que Jesús vio bajar sobre él en forma de paloma tras su bautismo, mientras escuchaba la voz de cielo que le confesaba su amor, le empuja ahora al desierto. ¿En plan Juan Bautista, comiendo saltamontes y hablando con las piedras? Marcos no lo ve así. Va a hacer una cuarentena de experiencia anticipada de lo que va a ser su vida, pero el objetivo no será afilar el hacha para cortar árboles de raíz. No se trata de mascar soledad, abandono y hambre, como insinúan los otros autores evangelistas. Va a estar acompañado por la naturaleza no domesticada, pero tendrá siempre con él a “ángeles que le sirvan”. Como sabemos, los ángeles siempre apuntan a que hay una presencia de cielo en la tierra y que Dios está cerca, envolviendo la realidad del protagonista.

 

Curioso: Marcos no dice nada del “contenido” de las tentaciones, como sí lo hacen Mateo y Lucas. Tampoco el tono da como para pensar que el Espíritu lo empujara al desierto “para que Satanás lo tentara”. El escrito, a lo largo de su obra, nos va a expresar, en todos los tonos, que los cortos años del Jesús adulto en su Israel querido, fueron una pelea continuada contra las obras, las técnicas y las estrategias de Satanás. Y no en discusiones teológicas precisamente, sino en libertades de amor para todos quienes se sentían amordazados por el miedo a la sociedad y, sobre todos, a Dios. A un Dios que castigaba con enfermedades, que cobraba en nietos pecados de los abuelos y que valoraba más el ajuste normativo que el calor de los corazones.

 

Marcos dice sencillamente que fue tentado por Satán. Como todos, ¿no? ¿Qué persona adulta no ha experimentado en su vida el desgarro de las decisiones tomadas tras el encuentro del bien y el mal en sus vidas? Cuando él pasó su cuarentena aprendiendo a derrotar al virus diabólico y se metió en las calles urbanas y en el polvo de los caminos rurales, Satán no es que se quedó rumiando la “derrota” en el desierto. Aquello había sido como un anticipo de lo que sería su misión por la Galilea inmediata y, al final, por la Jerusalén de la muerte. La derrota final de Satán, en la resurrección, no tiene lugar en el mapa. Sigue siendo una realidad que se hace cada día, porque a eso mandó a sus discípulos: a curar, a liberar, a hacer un Reino-familia.

 

 

Convertirse y creer en la Buena Noticia van de la mano. No son momentos puntuales. Son decisión que marca la vida a fuego, que puede ser de amor o de injusticia. Para Jesús siempre fue urgente… y el padre de su parábola nunca cerró el plazo para quienes regresamos con nuestra pena a cuestas y la esperanza de un abrazo.